El XXI Salón de Bellas Artes y la crítica de José Rovira Soler

Premios y criterios de valoración en Arquitectura de febrero de 1939

Una medalla registra una decisión institucional; una reseña permite conocer las razones por las que esa decisión podía discutirse. En «El XXI Salón de Bellas Artes», José Rovira Soler elogia obras cuya recompensa fue modesta y cuestiona la suficiencia de una pintura distinguida con oro. El contraste hace de su artículo un documento especialmente útil para estudiar cómo se negociaba el mérito artístico en La Habana. Las reproducciones conservadas permiten seguir esa discusión y advertir, además, que el autor escribía desde el mismo medio artístico que examinaba: entre las obras ilustradas figura su Retrato de José Mendiola. [1, 2]

El encabezamiento del conjunto remite a Arquitectura, revista mensual y órgano oficial del Colegio Nacional de Arquitectos, febrero de 1939, año VII, número 67. Esa fecha corresponde a la referencia editorial del documento. La reseña no precisa las fechas de apertura y clausura del Salón ni identifica su sede. Conviene mantener esa distinción para no convertir la datación de la revista en un calendario expositivo que el texto no proporciona.

Rovira comienza por las condiciones de la vida artística. Lamenta la escasez de críticos en los grandes periódicos habaneros y la ausencia casi absoluta de intelectuales y entidades oficiales en las inauguraciones. Su defensa de la dignidad del artista atribuye a la pintura y la escultura una función pública. La exigencia dirigida a los creadores tiene así una contrapartida: también reclama atención de la prensa y de las instituciones.

La observación de que más de un centenar de obras aparecen amontonadas por falta de espacio añade una condición material a ese problema. El texto no permite reconstruir el montaje, pero sí muestra que el crítico consideraba insuficiente el lugar destinado a la exposición. Producir, exhibir y conseguir una recepción atenta eran dificultades relacionadas. En esas circunstancias, la página ilustrada prolongaba la circulación de las obras, aunque solo transmitiera una selección.

El valor de esta fuente reside en esa mirada situada. Rovira no ofrece un inventario completo ni un fallo alternativo del jurado. Al final reconoce el carácter personal y necesariamente abreviado de su comentario. Leerlo hoy supone atender tanto a la precisión de sus observaciones como a los límites que él mismo declara.

Los premios y el juicio del crítico

El caso más claro de desacuerdo es Saneza. El pie la atribuye a Concha Ferrant y consigna una medalla de oro; la prosa emplea la variante Concha Ferrán. Rovira reconoce pasajes bien realizados, pero considera excesiva la proximidad a Sorolla y objeta la construcción del conjunto. Su criterio distingue la calidad de algunas partes de la resolución de la pintura completa. La distinción reaparecerá en sus comentarios sobre paisaje y escultura. [1, 2]

A continuación alude a pinturas premiadas con oro que habrían sido rechazadas por otros jurados de admisión, incluido el del envío cubano a una exposición en Nueva York. La proximidad de ese pasaje a la crítica de Saneza invita a relacionarlos, pero no sustituye las actas de los jurados ni identifica con igual claridad todos los cuadros mencionados. Lo comprobable en la reseña es la impugnación de la coherencia de los premios, expresada por el propio crítico.

Las distinciones que pueden leerse en las láminas ofrecen un contrapunto concreto. Este cuadro reúne únicamente las ocho que acompañan a obras reproducidas; no constituye el palmarés completo del XXI Salón.

ObraAutoría según el pieDistinción
SanezaConcha FerrantOro
Escultura sin título indicadoFlorencio GelabertPlata
Retrato de la Srta. Rita LongaArmando MaribonaPlata
RetratoJosé Rodríguez RadilloPlata
Retrato del pintor Ricardo MarínEnrique CaraviaBronce
Batiente de luzRoberto VázquezOro
Retrato de la Srta. Doris BaconArmando MaribonaMención honorífica
Luz de YaraAmelie ZellOro

La atención preferente a Caravia, cuyo retrato recibió bronce, y el elogio de Doris Bacon, distinguido con mención honorífica, muestran que Rovira no organiza su reseña siguiendo la jerarquía de las medallas. Tampoco la divergencia prueba que el jurado estuviera equivocado: documenta la coexistencia de criterios de valoración. La crítica conserva precisamente el razonamiento que una lista de premios, por sí sola, no puede transmitir.

El retrato como campo de observación

El Retrato del pintor Ricardo Marín, de Enrique Caravia, ocupa un lugar central en el comentario. Rovira destaca la frescura de ejecución y el equilibrio de masas y volúmenes; interpreta esas cualidades como una liberación de restricciones académicas. La reproducción muestra al modelo sentado, con el torso ligeramente inclinado, una mano sobre la pierna y una expresión animada. Es posible relacionar esa disposición con la vivacidad señalada por el crítico, sin pretender reconstruir el color o la superficie del óleo a partir de la imagen impresa. [1, 2]

Su valoración de Armando Maribona revela que lo moderno y lo clásico no funcionan como categorías mutuamente excluyentes. Después de celebrar la renovación de Caravia, incluye entre lo mejor del Salón el retrato de Doris Bacon y el de Rita Longa, a los que reconoce un estilo clásico. En el primero, la amplitud del vestido y las manos apoyadas a ambos lados estabilizan la figura. En el segundo, el cruce de los brazos y el dibujo de los pliegues concentran la composición. El pie identifica esta última obra como realizada con creyones y pastel, una precisión que se pierde si se la registra únicamente como pintura.

Las tres obras de Maribona reproducidas no deben confundirse. Olga Ruiz aparece en un óleo sin premio indicado en su pie; Doris Bacon, también al óleo, tiene mención honorífica; Rita Longa recibe plata en una obra de técnica distinta. En la prosa se lee Rita Loga, mientras el pie conserva Longa. Registrar la variante evita crear dos modelos diferentes a partir de una discrepancia de escritura.

El retrato femenino incluye asimismo el óleo de Antonio Sánchez Araujo y el Retrato de José Rodríguez Radillo. Del último, Rovira elogia las cualidades de los grises y presenta a su autor como un joven estudioso; el pie consigna una medalla de plata. Edelma, de Luisa Fernández Morell, introduce una figura infantil sentada. El crítico reconoce la continuidad de su buena ejecución, aunque reclama superación. Su modo de nombrar racialmente a la niña en la reseña pertenece al lenguaje del documento; para identificar la obra resulta más preciso conservar el título publicado, Edelma.

La presencia de Ferrant, Fernández Morell y Zell en las láminas, junto con las menciones a Victoria Nanson, Beatriz Villamayor y María Luisa Valentino en el texto, hace visible la participación de mujeres como autoras. La propia Rita Longa es identificada por Rovira como escultora, aunque aquí comparece como modelo de Maribona. Esta diferencia entre quien crea y quien es representado impide reducir la presencia femenina a la iconografía de los retratos. La selección, por otra parte, no permite calcular su proporción en el conjunto de la exposición.

Dos retratos añaden matices al lugar desde el que se escribe. El Padre Varela, de J. E. Hernández Giro, está descrito en el pie como óleo. Por ello, cuando Rovira habla de retratos «fotográficos» al comentar a este artista, el término debe leerse como valoración de su efecto de semejanza, no como identificación técnica de fotografías. El Retrato de José Mendiola lleva la firma de Rovira Soler en su atribución impresa. Esa coincidencia entre crítico y expositor permite entender una voz participante, sin autorizar por sí sola una acusación de parcialidad.

Paisaje y escultura en la reseña

En el paisaje, Rovira emplea criterios de luminosidad, construcción y atmósfera. Sitúa en primer término Alrededores de Cabañas, de Domingo Ramos, aunque observa insuficiente atmósfera en los planos lejanos. Esa obra no aparece entre las dieciséis identificadas en las láminas. Su posición destacada en el texto advierte que la selección ilustrada y la selección crítica no son equivalentes: la falta de imagen no indica una participación secundaria. [1, 2]

Batiente de luz, óleo de Roberto Vázquez con medalla de oro, sí está reproducido. Los troncos oscuros ordenan el primer plano y abren pasos hacia una zona de mayor claridad. Esta relación visible entre masas y profundidad ofrece un punto de apoyo para leer el elogio de Rovira a un paisajista estudioso que habría avanzado respecto de su exposición anterior. La condición de obra premiada convive con una apreciación todavía orientada hacia su desarrollo futuro.

A Antonio Rodríguez Morey le atribuye una particular capacidad para expresar humanismo y cubanidad. La imagen conservada muestra una vivienda de cubierta vegetal, figuras próximas a ella, palmeras y un espacio de circulación que se interna en el paisaje. El pie solo dice que es un óleo del artista: describir la escena no equivale a restituir un título. En la lectura del crítico, la vida rural proporciona un ámbito de identificación nacional; las figuras y la arquitectura permiten comprender que su idea de paisaje incluía una experiencia humana del territorio.

Atardecer en el puerto, de Vicente Pérez García, incorpora embarcaciones, aparejos y una perspectiva marcada por la proa en primer plano. Su presencia amplía el registro visual más allá de la campiña privilegiada en el apartado de paisaje. Las alusiones a Rivero Merlín, Universo Picazo y María Luisa Fernández pertenecen a la reseña, pero no disponen de imágenes individualizadas en este conjunto. Las gamas cromáticas que Rovira atribuye a algunos pintores son testimonios de su observación, no colores que pueda certificar la reproducción conservada.

El apartado de escultura repite la exigencia de unidad. Rovira elogia la espontaneidad de una cabeza infantil tallada en madera por Antonio Bachs y la fuerza de una interpretación de Ángel Reyes, en yeso patinado, por Fernando Boada. Objeta, en cambio, la falta de cohesión de algunos detalles del desnudo Amanecer, de Corrieri. No son las esculturas ilustradas: el pie correspondiente a Boada reproduce una figura recogida bajo un manto y la describe como mármol. Vincularla al retrato de Ángel Reyes produciría una identificación falsa.

Las láminas añaden el torso de Florencio Gelabert, con plata, y Luz de Yara, un yeso firmado en el pie por Amelie Zell, con oro. En esta última, la figura erguida y la figura arrodillada forman una composición de evidente carácter narrativo, pero el título no basta para asignar identidades precisas a ambas. El texto menciona a Emilia Zell junto a Armentero bajo una caracterización literaria y romántica. La diferencia Amelie/Emilia debe conservarse como variante documental; una crítica general a una autora no debe convertirse automáticamente en descripción exhaustiva de una obra concreta.

La revista como documento del Salón

Las imágenes permiten leer un Salón donde conviven el retrato, el paisaje y la escultura figurativa. Esa diversidad no desemboca en una única regla de excelencia. Rovira aprecia la soltura de Caravia y la organización clásica de Maribona; pide coherencia a una pintura próxima a Sorolla y unidad de bloque a una escultura. Su exigencia más persistente consiste en que la ejecución de las partes responda a la concepción de la obra completa. [1]

El artículo conserva también una forma de intervención pública. Pedir más esfuerzo a los artistas después de denunciar la indiferencia institucional vincula la calidad de las obras con sus condiciones de recepción. La revista de arquitectura ofrece un espacio para ese intercambio entre disciplinas. Las láminas hacen circular obras y distinciones; la reseña introduce desacuerdo, comparación y juicio. La convivencia de ambos registros permite estudiar una exposición sin confundir su reconocimiento oficial con su valoración crítica.

La conservación del conjunto requiere distinguir sus soportes. El PDF recibido tiene siete páginas: una portada recompuesta, tres páginas de láminas, dos de texto y una última página en blanco. Los diecinueve JPG reúnen tres láminas compuestas y dieciséis archivos de detalle, uno de ellos con dos obras. En total se reconocen dieciséis obras diferentes. Este recuento corresponde a las reproducciones y no a las más de cien obras que, según Rovira, integraban el Salón. [2, 3]

La memoria de la exposición se beneficia de mantener juntos el texto crítico y las imágenes, con sus divergencias visibles. El juicio de Rovira puede discutirse; su interés histórico no depende de que lo aceptemos. Nos permite recuperar la pregunta concreta que atravesaba aquella reseña: qué hace convincente una obra y quién puede reconocerlo, explicarlo o ponerlo en duda.

Nota documental y referencias

[1] José Rovira Soler, «El XXI Salón de Bellas Artes», en el conjunto atribuido a Arquitectura, La Habana, febrero de 1939, año VII, n.º 67. Texto en las páginas 3–4 del PDF recibido; numeración de consulta, no paginación original de la revista.

[2] Láminas escanear0005.jpg–escanear0023.jpg, Archivos Sarracino Gallery. Las compuestas 0005, 0012 y 0018 corresponden a las páginas 2, 5 y 6 del PDF. Los títulos, técnicas y premios citados proceden de sus pies.

[3] «EL XXI SALON DE BELLAS ARTES.pdf» y archivos asociados DOC y TXT. El PDF declara creación digital el 22 de enero de 2010 desde Word. Se conserva íntegro; sus metadatos no certifican la fecha del impreso histórico. El dossier adjunto detalla las concordancias y las variantes de nombres.

Juan Sarracino
Fuentes consultadas: Archivos Sarracino Gallery.

Lámina 1 Retratos paisaje y escultura

Lámina compuesta escanear0005.jpg. Seis obras y sus pies originales. Permite cotejar Saneza, el torso de Gelabert y las obras de Maribona, Rodríguez Morey, Pérez García y Sánchez Araujo.

Lámina documental

Lámina 2 Técnicas y atribuciones

Lámina compuesta escanear0012.jpg. Cinco obras. El pie identifica el retrato de Rita Longa como creyones y pastel y la escultura de Boada como mármol; El Padre Varela se describe como óleo.

Lámina documental

Lámina 3 El crítico entre los artistas

Lámina compuesta escanear0018.jpg. Cinco obras, incluido el Retrato de José Mendiola atribuido a José Rovira Soler. Los premios de las restantes imágenes permiten contrastar la reseña con los pies.

Lámina documental

The XXI Fine Arts Salon and the criticism of José Rovira Soler

Awards and standards of judgment in Arquitectura in February 1939

A medal records an institutional decision; a review reveals why that decision might be disputed. In “El XXI Salón de Bellas Artes,” José Rovira Soler praises works that received modest recognition and questions the achievement of a painting awarded gold. This contrast makes his article particularly valuable for studying how artistic merit was debated in Havana. The surviving reproductions allow us to follow that discussion. They also show that the author wrote from within the artistic community he examined: among the illustrated works is his Retrato de José Mendiola. [1, 2]

The heading of the assembled document identifies Arquitectura, the monthly journal and official organ of the Colegio Nacional de Arquitectos, February 1939, year VII, number 67. This date belongs to the document’s publication reference. The review gives neither the Salon’s opening and closing dates nor its venue. That distinction matters: the journal’s date should not be turned into an exhibition calendar that the text does not supply.

Rovira begins with the conditions of artistic life. He regrets the shortage of art critics in Havana’s major newspapers and the almost complete absence of intellectuals and official bodies from exhibition openings. His defense of the artist’s dignity gives painting and sculpture a public role. The demands he places on artists therefore have a counterpart: he also calls for attention from the press and institutions.

His observation that more than a hundred works were crowded together for lack of space adds a material dimension to the problem. The text cannot reconstruct the installation, but it does show that the critic considered the exhibition space inadequate. Making art, exhibiting it and securing an attentive reception were related difficulties. In these circumstances, the illustrated page extended the circulation of works, although it conveyed only a selection.

The value of this source lies in its situated viewpoint. Rovira supplies neither a complete inventory nor an alternative jury verdict. At the end, he acknowledges that his commentary is personal and necessarily abbreviated. Reading it today means attending both to the precision of his observations and to the limits he explicitly recognizes.

Awards and critical judgment

The clearest disagreement concerns Saneza. Its caption attributes the painting to Concha Ferrant and records a gold medal; the prose uses the variant Concha Ferrán. Rovira recognizes accomplished passages but finds its proximity to Sorolla excessive and questions the construction of the whole. His standard separates the quality of individual parts from the resolution of the complete painting. The distinction returns in his discussions of landscape and sculpture. [1, 2]

He then refers to gold medal paintings that, he reports, had been rejected by other admission juries, including the jury selecting the Cuban submission to an exhibition in New York. The passage’s proximity to his criticism of Saneza invites a connection, but it cannot replace jury records or identify every painting with equal certainty. What the review establishes is the critic’s challenge to the consistency of the awards.

The distinctions legible in the plates provide a concrete comparison. This table includes only the eight awards attached to reproduced works; it is not the full list of prizes at the XXI Salon. Spanish work titles are retained for identification.

WorkArtist as captionedAward
SanezaConcha FerrantGold
Sculpture with no title givenFlorencio GelabertSilver
Retrato de la Srta. Rita LongaArmando MaribonaSilver
RetratoJosé Rodríguez RadilloSilver
Retrato del pintor Ricardo MarínEnrique CaraviaBronze
Batiente de luzRoberto VázquezGold
Retrato de la Srta. Doris BaconArmando MaribonaHonorable mention
Luz de YaraAmelie ZellGold

The particular attention given to Caravia’s bronze medal portrait, and the praise for Doris Bacon, which received an honorable mention, show that Rovira does not organize his review around the medals’ hierarchy. This divergence does not itself prove the jury wrong: it documents the coexistence of different standards of judgment. Criticism preserves the reasoning that a list of prizes alone cannot convey.

Portraiture as a field of observation

Enrique Caravia’s Retrato del pintor Ricardo Marín occupies a central place in the review. Rovira emphasizes its fresh handling and balance of masses and volumes, interpreting these qualities as a release from academic restrictions. The reproduction shows the sitter seated, his torso slightly inclined, one hand resting on his leg and his expression animated. That arrangement can be related to the liveliness identified by the critic without claiming to recover the oil painting’s color or surface from its printed image. [1, 2]

His assessment of Armando Maribona shows that modern and classical are not mutually exclusive categories in his account. After celebrating Caravia’s renewal, he places the portraits of Doris Bacon and Rita Longa among the best works at the Salon, recognizing their classical style. In the former, the breadth of the dress and the hands resting on either side steady the figure. In the latter, crossed arms and the delineation of folds focus the composition. The caption identifies this second work as crayon and pastel, a precision lost if it is recorded simply as a painting.

The three illustrated works by Maribona should remain distinct. Olga Ruiz appears in an oil painting with no award indicated in its caption; Doris Bacon, also in oil, received an honorable mention; Rita Longa received silver for a work in a different medium. The prose reads Rita Loga, while the caption gives Longa. Recording that variant avoids creating two different sitters from a discrepancy in spelling.

Female portraiture also includes the oil painting by Antonio Sánchez Araujo and the Retrato by José Rodríguez Radillo. Rovira praises the latter’s handling of grays and presents its author as a studious young artist; the caption records a silver medal. Edelma, by Luisa Fernández Morell, introduces a seated child. The critic recognizes the continuity of her accomplished execution while asking for further development. His racialized way of referring to the girl belongs to the language of the historical document; the published title, Edelma, provides the more precise identification of the work.

The presence of Ferrant, Fernández Morell and Zell in the plates, together with references to Victoria Nanson, Beatriz Villamayor and María Luisa Valentino in the text, makes women’s participation as artists visible. Rovira himself identifies Rita Longa as a sculptor, although here she appears as Maribona’s sitter. Distinguishing the maker from the person represented prevents women’s presence from being reduced to portrait iconography. The selection, however, cannot establish their proportion in the exhibition as a whole.

Two portraits further clarify the position from which the review was written. The caption describes J. E. Hernández Giro’s El Padre Varela as an oil painting. When Rovira calls this artist’s portraits “photographic,” the word should therefore be read as an assessment of their effect of likeness, not as a technical identification of photographs. Retrato de José Mendiola is attributed in print to Rovira Soler. This overlap between critic and exhibitor establishes a participating voice; it does not by itself justify an accusation of bias.

Landscape and sculpture in the review

In discussing landscape, Rovira employs standards of luminosity, construction and atmosphere. He singles out Domingo Ramos’s Alrededores de Cabañas, while finding insufficient atmosphere in its distant planes. This work is absent from the sixteen identified in the plates. Its prominence in the prose shows that the illustrated selection and the critic’s selection are not equivalent: the absence of an image does not establish a secondary role in the exhibition. [1, 2]

Batiente de luz, Roberto Vázquez’s gold medal oil painting, is reproduced. Dark trunks organize the foreground and open passages toward a brighter area. This visible relationship between masses and depth provides a basis for reading Rovira’s praise of a studious landscape painter who, he says, had advanced since his previous exhibition. The work’s award coexists with an assessment still directed toward its maker’s future development.

Rovira credits Antonio Rodríguez Morey with a particular ability to express human feeling and Cuban identity. The surviving image shows a dwelling with a thatched roof, nearby figures, palms and a passage leading into the landscape. The caption says only that it is an oil painting by the artist: describing the scene does not recover a title. In the critic’s reading, rural life provides a setting for national identification; the figures and architecture help explain how his idea of landscape included a human experience of the land.

Vicente Pérez García’s Atardecer en el puerto introduces vessels, rigging and a perspective dominated by the bow in the foreground. Its presence broadens the visual record beyond the countryside emphasized in the landscape section. References to Rivero Merlín, Universo Picazo and María Luisa Fernández belong to the review but have no individually identified images in this group. The color ranges Rovira attributes to certain painters are testimony to his observation, not colors that the surviving reproduction can verify.

The sculpture section repeats his demand for unity. Rovira praises the spontaneity of a child’s head carved in wood by Antonio Bachs and the strength of Fernando Boada’s interpretation of Ángel Reyes in patinated plaster. He objects, however, to the lack of cohesion in some details of Corrieri’s nude Amanecer. These are not the illustrated sculptures: Boada’s caption accompanies a figure enclosed in a mantle and describes it as marble. Linking that image to the portrait of Ángel Reyes would create a false identification.

The plates add Florencio Gelabert’s silver medal torso and Luz de Yara, a plaster work attributed in the caption to Amelie Zell and awarded gold. In the latter, a standing figure and a kneeling figure form an evidently narrative composition, but its title is insufficient to assign precise identities to both. The text mentions Emilia Zell alongside Armentero under a literary and Romantic characterization. Amelie/Emilia should remain a recorded documentary variant; a general assessment of an artist should not automatically become an exhaustive description of a particular work.

The journal as a record of the Salon

The images reveal a Salon in which portraiture, landscape and figurative sculpture coexist. This diversity produces no single rule of excellence. Rovira values Caravia’s freedom of handling and Maribona’s classical organization; he asks for coherence in a painting close to Sorolla and unity of mass in sculpture. His most persistent demand is that the execution of individual parts answer to the conception of the complete work. [1]

The article also preserves a form of public intervention. Asking more of artists after denouncing institutional indifference connects the quality of works to the conditions of their reception. An architectural journal provides a space for this exchange across disciplines. Its plates circulate works and awards; the review introduces disagreement, comparison and judgment. Together, these records allow an exhibition to be studied without confusing official recognition with critical assessment.

Preserving the group requires distinguishing its formats. The received PDF has seven pages: a recomposed cover, three pages of plates, two pages of text and a final blank page. The nineteen JPGs comprise three composite sheets and sixteen detail files, one of which includes two works. Sixteen different works can be identified in total. This count concerns the reproductions, not the more than one hundred works that Rovira says the Salon contained. [2, 3]

The exhibition’s memory benefits from keeping criticism and images together, with their differences visible. Rovira’s judgment can be disputed; its historical interest does not depend on our accepting it. It allows us to recover the specific question running through the review: what makes a work convincing, and who can recognize, explain or question that achievement?

Documentary note and references

[1] José Rovira Soler, “El XXI Salón de Bellas Artes,” in the group attributed to Arquitectura, Havana, February 1939, year VII, no. 67. Text on pages 3–4 of the received PDF; these are reference page numbers, not the original journal pagination.

[2] Plates escanear0005.jpg–escanear0023.jpg, Archivos Sarracino Gallery. Composite sheets 0005, 0012 and 0018 correspond to pages 2, 5 and 6 of the PDF. Titles, media and awards cited here follow their captions.

[3] “EL XXI SALON DE BELLAS ARTES.pdf” and associated DOC and TXT files. The PDF declares digital creation from Word on January 22, 2010. It is preserved in full; its metadata does not certify the date of the historical printed source. The accompanying dossier details correspondences and name variants.

Juan Sarracino
Fuentes consultadas: Archivos Sarracino Gallery.

Plate 1 Portraits landscape and sculpture

Composite sheet escanear0005.jpg. Six works with their original captions. It brings together Saneza, Gelabert’s torso and works by Maribona, Rodríguez Morey, Pérez García and Sánchez Araujo.

Documentary plate

Plate 2 Media and attributions

Composite sheet escanear0012.jpg. Five works. The captions identify the portrait of Rita Longa as crayon and pastel, Boada’s sculpture as marble and El Padre Varela as an oil painting.

Documentary plate

Plate 3 The critic among the artists

Composite sheet escanear0018.jpg. Five works, including Retrato de José Mendiola, attributed to José Rovira Soler. Awards in the other captions can be compared with the judgments in his review.

Documentary plate

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