Primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas Cubanos: periodización, medios y memoria cultural

Cubierta del programa, Primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas Cubanos, La Habana, agosto de 1961.
Una exposición dentro de un congreso
La portada presenta una «Exposición de pintura, grabado y cerámica» vinculada al Primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas Cubanos, celebrado en La Habana los días 18, 19, 20, 21 y 22 de agosto de 1961. El impreso, sin embargo, contiene también una sección de esculturas. Esa diferencia debe conservarse: la cubierta resume tres medios, mientras el interior documenta cuatro.
Este detalle aparentemente menor introduce uno de los problemas centrales del documento. No estamos ante un catálogo construido con una sola lógica. Sus páginas combinan una exposición, una revisión histórica, categorías por medios y una periodización que distingue entre etapa colonial y etapa republicana. El resultado es menos una simple lista de participantes que una propuesta sobre cómo ordenar visualmente la historia del arte cubano.
La historia entra en la exposición
La segunda imagen del conjunto reproduce una vista de la Alameda de Paula atribuida en el pie a Hipólito Garneray y situada en el siglo XIX. No es una fotografía de la exposición: es una reproducción histórica incorporada al impreso.
Su presencia cambia el tono del catálogo. Antes de enumerar artistas, el documento introduce una imagen de la ciudad colonial. La exposición se presenta así no solo como un panorama de producción contemporánea, sino como una mirada retrospectiva que quiere establecer antecedentes, secuencias y permanencias.
La reproducción funciona como una especie de umbral visual. La Habana representada desde el siglo XIX antecede a las páginas en que grabados y pintores son divididos entre «etapa colonial» y «etapa republicana». Esta relación puede interpretarse como una decisión historiográfica del impreso, aunque no contamos con un texto que explique explícitamente esa intención.
Los grabados coloniales: ciudad, ingenios y territorio
La sección «Grabados coloniales» ofrece el registro más detallado del documento. Incluye autores, títulos y técnicas. Laplante aparece repetidamente con vistas de ingenios, casas de calderas, puertos y espacios urbanos; Francisco Mialhe, con escenas y vistas de La Habana, Matanzas, Gibara, Guanabacoa y otros lugares. También figuran obras anónimas y autores como Sawkins, Edward Rooker, Canot, Barañano, T. Dutton, Pujadas y Roi Partridge.
La litografía domina muchas de las entradas, aunque aparecen también metal y aguafuerte. La abundancia de ingenios, puertos, plazas y panoramas urbanos convierte el grabado en una herramienta de memoria visual del territorio y de sus infraestructuras. Esa constatación proviene de los títulos; no permite reconstruir las condiciones sociales de cada escena sin examinar las imágenes originales.
Para la investigación de procedencia, esta sección es particularmente valiosa porque combina tres identificadores: autor, título y técnica. Cuando se compara con las secciones de pintura o escultura — donde en estas páginas solo se enumeran nombres—, se comprende inmediatamente que no todas las partes del catálogo permiten el mismo grado de identificación de objetos.

Página con grabados coloniales y comienzo de la sección republicana.
La «etapa republicana» y un problema de periodización
El impreso dedica otra sección a «Grabados / etapa republicana de la sala permanente». Allí aparecen Carmelo González, Armando Posse, Luis Peñalver, López Dirube, Gisela Hernández, Ana Rosa Gutiérrez, Lesbia Vent Dumois, Eugenio Rodríguez, Juan Sánchez, Mario Cordovés, Jorge Rigol y muchos otros.
La continuación incluye títulos como Reforma Agraria, El manto del anticomunismo actual, La República y la Revolución, Cuba a los mártires, Reconcetración campesina, Memorias del 26 de Julio en la Sierra y Las dictaduras en América. Son denominaciones impresas en el catálogo y deben leerse como tales, sin convertirlas automáticamente en una descripción exhaustiva de sus imágenes o de las posiciones personales de cada artista.
Aquí aparece una cuestión historiográfica muy interesante: el encabezamiento «etapa republicana» continúa organizando una sección que contiene obras con títulos explícitamente vinculados al proceso
Ese hecho admite varias explicaciones: persistencia de una nomenclatura museográfica previa, una división histórica todavía no reformulada o una simple solución editorial. Las páginas no permiten escoger entre ellas. Lo que sí demuestran es que en agosto de 1961 el esquema impreso todavía podía reunir bajo el rótulo republicano obras cuyos títulos pertenecían claramente al presente revolucionario.
Pintores: de la colonia a una República extraordinariamente amplia
La sección de pintura hace explícita la misma división histórica. Bajo «Pintores / etapa colonial» aparecen trece nombres, entre ellos José Nicolás de la Escalera, Vicente Escobar, Víctor Patricio de Landaluze, Esteban Chartrand, Guillermo Collazo y Valentín Sanz Carta.
La «etapa republicana» es mucho más extensa: reúne sesenta y un nombres en las dos columnas de la página. Allí conviven José Joaquín Tejada, Armando Menocal, Leopoldo Romañach, Víctor Manuel, Eduardo Abela, Amelia Peláez, Carlos Enríquez, Fidelio Ponce de León, Wifredo Lam, Cundo Bermúdez, Mariano Rodríguez y René Portocarrero con José Mijares, Sandú Darié, Raúl Martínez, Hugo Consuegra, Antonio Vidal, Guido Llinás, Pedro de Oraá, Antonia Eiriz, Salvador Corratge y Loló Soldevilla, entre muchos otros.
La categoría no describe un estilo. Reúne generaciones, lenguajes y trayectorias muy diferentes bajo una periodización histórica amplia. Precisamente por eso el documento resulta valioso: permite observar cómo una exposición de 1961 organizaba retrospectivamente buena parte de la modernidad cubana dentro de un marco llamado todavía «republicano».
No debemos convertir esa clasificación en una definición estética. La presencia conjunta de Lam, Peláez, Ponce, Mijares, Darié, Llinás, Eiriz u Oraá demuestra una convivencia dentro del esquema del catálogo, no una pertenencia común a una escuela.

Relación de pintores dividida entre etapa colonial y etapa republicana.
Loló Soldevilla aparece dos veces: en la extensa relación de pintores de la etapa republicana y, nuevamente, en la sección de esculturas. El documento no proporciona títulos de sus piezas en ninguna de las dos categorías.
Esta doble presencia es importante cuando se compara con los catálogos anteriores estudiados. En 1953 había figurado con tres esculturas; en 1956 participó tanto con pinturas como con esculturas en metal; en 1958 el aniversario de Color-Luz la incluyó entre los escultores; en febrero de 1959 aparece como pintora; y en diciembre de 1960 se registra un óleo titulado La espalda de la Luna. El programa de 1961 vuelve a situarla simultáneamente en pintura y escultura.
La conclusión prudente no es construir una evolución lineal entre medios. Es reconocer una práctica expositiva sostenidamente múltiple. Los documentos muestran que durante varios años Loló podía ser presentada como pintora y escultora según la ocasión, y en algunos casos en ambas categorías dentro de la misma exposición.
Para identificar las obras concretas de 1961 hacen falta otras fuentes. El nombre en una lista acredita la participación de la artista en esa sección, pero no autoriza a asignarle cualquier pieza conocida de la época.
Martínez Pedro, Peláez y Portocarrero: categorías que no encierran al artista
Luis Martínez Pedro figura entre los pintores de la etapa republicana y también dentro de la sección de cerámicas. Amelia Peláez y Portocarrero aparecen igualmente en pintura y cerámica. Carlos Sobrino y Rolando López Dirube, por su parte, figuran en pintura y escultura.
Estas repeticiones son especialmente reveladoras. Las categorías del catálogo organizan objetos y medios, no identidades artísticas rígidas. Un artista puede aparecer en más de una sección sin que ello constituya una contradicción.
El documento invita, por tanto, a desconfiar de una lectura demasiado especializada de las trayectorias. La modernidad cubana que aquí se presenta no está compuesta por pintores que solo pintan, escultores que solo esculpen y ceramistas aislados. El propio índice demuestra cruces de práctica.
En términos de investigación, esto obliga a construir fichas por objeto y no solo por artista. La pertenencia de un nombre a una sección es información útil, pero debe registrarse como una circunstancia expositiva concreta, no como definición permanente de su producción.
Cerámica y escultura: una ampliación del relato
La sección de cerámicas reúne ocho nombres: Amelia Peláez, Marta Arjona, Mirta García Buch, Portocarrero, Elia Rosa Fernández, Rebeca Robés, Luis Martínez Pedro y María Elena Jubrías. La de esculturas reúne diecisiete: Juan José Sicre, Tomás Oliva, Eugenio Rodríguez, Alfredo Lozano, Enrique Gay, Francisco Antigua, José A. Díaz, Agustín Cárdenas, Enrique Moret, Loló Soldevilla, López Dirube, Amaro Lóriga, Núñez Both, Rodulfo Tardo, Carlos Sobrino, René Valdés Cedeño y Ernesto González.
La inclusión de escultura es particularmente significativa porque la cubierta no la menciona. No sabemos si se trató de una simplificación del título exterior, una ampliación posterior del programa o una decisión gráfica. Debemos conservar la discrepancia, no resolverla por intuición.
En conjunto, estas secciones amplían el relato más allá de la pintura. También muestran que el Congreso no estaba proponiendo únicamente un canon de nombres, sino una organización de medios. Esa
El grabado como archivo técnico
Las dos páginas de grabados permiten observar una diversidad técnica notable. Junto a litografía, metal y aguafuerte aparecen madera al hilo, madera de cabeza, xilografía en color, linóleo, plywood y combinaciones señaladas de manera específica.
Esto convierte la sección gráfica en una fuente no solo iconográfica, sino tecnológica. La técnica aparece como parte fundamental de la identificación. En algunos casos se señalan obras murales, dípticos o conjuntos; en otros, una misma autoría se extiende sobre varias soluciones materiales.
La precisión técnica contrasta con la ausencia de datos equivalentes en pintura y escultura. El catálogo no es homogéneo como instrumento documental. Para un investigador, esa desigualdad debe conservarse: no se debe completar una sección con datos que solo aparecen en otra.
También permite observar cómo una colección o exposición puede narrar la historia de un medio a través de sus procedimientos. En el grabado, la historia se construye simultáneamente mediante autores, asuntos y técnicas.
El diseño como parte del argumento
El propio impreso merece atención como objeto gráfico. La cubierta utiliza una composición tipográfica de gran escala y un amplio campo vacío, mientras las páginas interiores distribuyen listas en columnas con mucho espacio blanco.
En la última página aparece un crédito explícito: «diseño / esteban g. ayala / impresor - ponciano - habana». Esa información permite atribuir el diseño editorial a Esteban G. Ayala y documentar la imprenta señalada, sin necesidad de inferirlos por estilo.
La composición es sobria y funcional. La jerarquía tipográfica separa períodos y medios, y esa separación visual refuerza la estructura historiográfica del catálogo. La forma de la página no es neutral: ayuda a convertir una diversidad de artistas y obras en una secuencia inteligible.
La marca de la Biblioteca del Museo Nacional visible en uno de los ejemplares es distinta del crédito editorial. Pertenece a la historia material de la copia consultada y no debe confundirse con autoría, propiedad de las obras o sede de la exposición.
Una exposición que actúa como relato histórico
El documento de 1961 no se limita a reunir arte. También lo ordena en el tiempo. Coloca una imagen decimonónica de La Habana, separa grabados y pintores en períodos coloniales y republicanos, reconoce prácticas contemporáneas, incorpora cerámica y escultura y ofrece un repertorio técnico especialmente rico para el grabado.
Esta estructura convierte la exposición en una forma de historiografía. No es una historia del arte escrita como ensayo, pero sí una historia construida mediante selección, clasificación y yuxtaposición.
Su valor aumenta cuando se lee con cautela. El rótulo «republicano» no debe naturalizarse como una categoría eterna; la omisión de la escultura en la cubierta no debe borrarse; la aparición de un artista en dos medios no debe corregirse; y un nombre sin obra identificada no debe convertirse en una procedencia completa.
**Una exposición también escribe historia cuando decide qué reunir, cómo separarlo y bajo qué nombres hacerlo visible.**
Nota documental
Este ensayo se basa exclusivamente en las seis reproducciones aportadas para este trabajo: cubierta; reproducción de la Alameda de Paula; dos páginas dedicadas al grabado; relación de pintores coloniales y republicanos; y relación de ceramistas y escultores.
Se distinguen los datos impresos de las inferencias del autor. No se ha añadido contexto externo ni se han identificado obras que el documento no titula. Los recuentos de nombres proceden de las listas visibles y deben entenderse como entradas impresas, no como inventario material completo de objetos.
Las reproducciones conservan pliegues, anotaciones y sellos del ejemplar. Estas marcas forman parte de su historia documental y no se eliminan en el facsímil de consulta.
Juan Sarracino
Fuentes consultadas: Archivos Sarracino Gallery.


